Testimonio de CONCHA DOMÉNECH

Tengo 70 años y quiero contar mi testimonio para la gloria de Dios. Hace ya 33 años que el Buen Dios me llamo por mi nombre (pues me conocía antes de la fundación del mundo) y me trasladó del infierno, en que vivía,  a un puerto de salvación. Me hizo ver lo hermoso de la vida, dándome amor que no tenía,  paz que no sentía, y esperanza en la cual no vivía. 

Yo no sabía lo que eran esos sentimientos, para mi todo era negro, muy negro. A falta de empujón, para ir definitivamente al infierno, con un pié en tierra y otro en el abismo,  ...pero me rescató Dios. Sé que soy salva por las misericordias de Dios, y es por eso que deseo contar mi historia. 

De niña, era feliz, tenía a mi madre que me amaba, a mi hermano que era mi mejor amigo. Era romántica, muy romántica, para mi todo era muy hermoso, y así crecí,  feliz.

Con 15 años conocí a un joven. Notaba que siempre me perseguía. No me dejaba ni a sol ni a sombra. Era obseción lo que sentía por mi, y caí en sus redes. Con 18 años di a luz a mi primera hija, y un más tarde nació la segunda, y así hasta 15 hijos, de los cuales 8 fueron abortos.

Mi vida no era un valle de rosas, ni vivía en ese romanticismo soñado,  sino todo lo contrario, a los pocos días de convivir con mi marido, surgieron las dificultades, y supe que él no sabia amar, que no era el marido, ni el padre responsable, cariñoso, que anhelaba,  y desea para mi familia. Me cuesta trabajo confersarlo, pero llegué a sentir odio. Me aferre a un cambio, que tan solo en fantasía permanecía.

Ha sido una vida muy dura, de muchos sacrificios para sacar a mis hijos adelante, en un ambiente hostil,  con muchas calamidades,  muy tristes,  y largas de contar.  

En el mes de abril de 1975, durante la noche, comenzó un fuerte dolor de cabeza. Siempre me dolía pero no con esa intensidad. Mis hijas se asustaron y llamaron a urgencias. El médico cuando  vió mi estado, me recetó unos calmantes, y les recomendó a mis hijas que cuidaran de mi:

- Vuestra madre todo lo que tiene es agotamiento, ...nervios. Necesita descanso y un buen tratamiento. Así que si mañana no la encontráis mejor, llamáis de nuevo a urgencias, y nosotros nos encargaremos de ingresarla en un centro de psicatría, para curarla.

Yo había agotado toda mi resistencia, ya no podía más, y ese era el único camino que se abría ante mi, era mi única salida hacia libertad; no vería más al hombre que era la causa de tanto daño, y al que odiaba a muerte.

Los acontencimientos, el agotamiento extremo, me influía de tal manera, que era casi indeferente que me ingresará en un "manicómio". Estaba ya en un infierno, y pensaba:  ¡qué más dá!. 

Ya no me importaban mis niños, si se quedaban solitos, o que les pasaría sin su madre. No tenía nada que dar, solo era un ser que deseaba ser "libre", libre para morir o vivir, ... pero ¡libre!. Quería ser feliz pero no sabía. El anhelo de mi alma era amar, y ser amada. ¡Que poquito pedía, pero ¿ni a esto tenía derecho?.

Esto hubiera sido mi fin, pero ¡oh, maravilla!, oh, gracia Divina, ¡oh amor de Dios!, ¡oh, amado Jesús!, ¡oh, inmensa esperanza, ¡oh, verdad gloriosa: Dios se me amaba y me llamaba para ser su amada Hija!. Jesucrito vive, y el hecho de que vivo y de que estoy escribiendo mi testimonio, es evidencia de que Jesús resucitó de entre los muertos y a mi me dio vida, y una vida abundante como recuerdo aquel gran día, que mis hijas, Marilín, y Alicia me invitaron a una reunión de hermanos en Cristo para escuchar la Palabra de Dios.

Al principio, me negue, pero días más tarde consentí en ir y me llevé a todos mis pequeños,  y a mi madre, ... toda la familia, excepto mi marido. 

Aún siento una paz inmensa al recordar el momento en que fuí convertida por el Señor, ... salvada por su Gracia. Estaba escuchando la predicación y ...algo pasó algo maravilloso,  que caí de rodillas, llorando. Estando así, sentí como una mano cálida y poderosa se posaba sobre mis hombros dándome un calor que me traspasaba hasta los huesos, me quebrantó hasta hacerme sentir tal como era, una miserable pecadora. ¡Cuánto lloré!, clamando a Jesús que me perdonara de todos mis pecados, que me lavara con su agua pura, limpiando mi ser, sanandome por dentro y por fuera.   

Me sentí la mujer mas dichosa de la creación, y me pregunta: ¿qué es lo que estaba pasando?. El Espíritu Santo me mostró como Jesucristo murió por mi para que yo pudiera ser salva y libre de toda, culpa, que me habia atormentado durante tantos años. Sentí la voz del Señor que me decía al corazón: ¡hija mía!, te amo, y quiero que sientas mi amor en ti para siempre; no temas porque yo estoy contigo para cuidarte, fortalecerte y sanarte de todas tus heridas. Yo haré de ti una nueva criatura, llena de mi paz, mi gozo perpetuo en ti, y tu me honraras por siempre. Y ... creí.

Todo, absolutamente todo cambió para mi, el odio que sentía, en amor, mis tristeza, en gozo, y desde ese grandioso día, nací de nuevo, vivo amando, adorando a mi Señor, y Salvador, Jesucrito, él único que nunca nos falla, desmontrando cuan inagotable es su Gracia, cuán amplia su redención, y cuán grande su poder.

Estoy tan llena de su amor, que tal conocimiento me lleva a alabarle más y más, y a vivir santamente. 

- ¡No es maravilloso todo esto!

Tengo un Salvador maravilloso, y he recibido una maravillosa salvación, ¿cómo no voy a contar todos los días de mi vida con júbilo?. ¡Aleluya!.

Te preguntarás, ¿ qué pasó con su marido?. Él ha cambiado, o más bien, Dios lo ha cambiado, para él  ya no existe la esclavitud al alcohol, ... ahora me ama, y yo le amo, y confío, por las promesas del Señor, seguir amandonos allá en el cielo.

¡¡A Dios sea la gloria!!.

Concha, sierva de Jesucrito.

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