Nací en el seno de una familia numerosa. Mis primeros años lo pasé en una barriada de Sanlúcar de Barrameda, Bonanza, donde mi padre estaba destinado.

En el colegio, a los niños “malos” nos castigan con llevarnos al cuarto oscuro del sótano; para mi era como  bajar al mismo “infierno”. Corría el año 1957 con una España confesional, muy católica.

Con un destino definitivo, nos trasladamos a Málaga, donde vivo actualmente.

De la etapa del colegio en Málaga, no podré olvidar a mi último maestro, Don Teodoro Fernández Bejarano.

No quedó en mi memoria muchas ciencias, pero siempre está presente  aquellos sábados por la mañana, cuando después de leer una parábola o un pasaje de los evangelios de la Biblia, D. Teodoro dada esas explicaciones, qué tanto me gustaban, sin perder detalle, casi sin respirar.  Luego nos tocaba hacer un dibujo con un resumen. Para mí aquello no era la cárcel, como los días anteriores, era el cielo.

Pasaje como la sanidad del siervo del centurión en Mateo 8:5-13, o Lucas 7:1-10,  aún me estremece al leerlo u oírlo:

“el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero dí la palabra, y mi siervo será sano.
Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe”.

También, quedó grabado en mi memoria, la historia que nos contaba mi maestro de su época de estudiante.  Relataba que había un arco, a la entrada del patio del colegio,  con una frase que decía: “Todo tiene su tiempo”. Comentaba,  que tardó mucho tiempo en conocer el verdadero sentido de esta frase: “Todo tiene su tiempo”. Yo también.

Del colegio me quedo mi mejor amigo y hermano en la fe, Jesús Ballesteros, que por los azahares de la vida se traslado a trabajar a Madrid, con su cuñado.

Su hermana, ya en la presencia del Señor, Conchita, asistía a una Iglesia Evangélica y él, de carácter muy abierto, no tuvo inconvenientes en acompañarla. Conoció al Señor y muy pronto se casó con Isabel, su esposa, que también asistía a la misma Iglesia.

Nunca perdimos el contacto y siempre que podían, venían a Málaga, donde tenía al resto de su familia.

Recuerdo muy claramente el día que me llamó por teléfono, para participarme de su conversión, de que había conocido al Señor. Yo le decía:

- ¿Qué te pasa?, … te has vuelto loco!.

La locura siguió, ...sigue, y aunque con idas y venidas permaneció la amistad,  al tiempo que nuestras respectivas familias, crecían.

Casado y con dos hijas, Vicky y Esther, con un trabajo estable, nuestras vidas se centraba en la familia.

Los gastos crecían y el sueldo no daba para lo necesario, así que no me cansaba de solicitar un aumento de sueldo y categoría profesional. En una de estas peticiones mi jefe, para explicar una subida a una compañera de Granada, saco la parábola de los obreros de la viña:

“Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña.
Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados;   y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron.
Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo.
Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?
Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.
Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.
Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario.
Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario.
Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.
El, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario?
Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti.
¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?
Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos”.

Conocía esta parábola desde el colegio pero jamas pensé que podía tener el significado que mi jefe le había dado para justificar, que el podía subir el salario a quién quisiese.

Volví a casa, desempolve la Biblia, que hacía muchos años Jesús e Isabel nos habían regalado y busqué el pasaje. Por más que buscaba, no hallaba donde se encontraba el pasaje. Así que, muy a mi pesar, llamé a Jesús para preguntarle y comentar con él, y me recomendó otro pasaje:

Mat_22:21  “Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios “.

Estos fueron mis primeros escarceo con la Biblia, pero pronto todo iba a cambiar radicalmente.

Por aquellos años, vivíamos en un barrio a las afueras de Málaga. Casi todas las familias éramos matrimonios jóvenes con hijos pequeños.  Uno de los últimos en incorporase fue un matrimonio evangélico; al principio no lo sabíamos.  Su hija mayor, era de la edad de nuestra segunda hija, Esther.

Con motivo de su cumpleaños, Loli, esposa de Miguel, invitó a mi esposa para que asistiéramos cumpleaños, que tendría lugar en la Iglesia donde ellos asistían, y que el pastor era su cuñado. Mi mujer pensó: seguro que Miguel dice que no, ya sabes que es un poco raro, le dijo. Pero no fue así, y acepte la invitación y asistimos a la Iglesia.

No fue la primera vez que entraba en una Iglesia Evangélica, “protestante”; de la primera salimos un poco escandalizados, así que, tomé mi medidas y precauciones. Recuerdo como el pastor, Juan Carlos, nos fue enseñando las dependencias del local de la Iglesia, tanto a mi como a otro vecino, José. Al llegar a su despacho nos comentó como estaban editando uno de los boletines de la Iglesia. En un artículo recogía como la Iglesia católica, había quitado el 2 mandamiento:

“No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.
No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”- (Éxodo 20:4-6)

Esta explicación se la daba a mi vecino, que no parecía muy interesado. Sin embargo, yo quedé perplejo, y nada más llegar a casa, fui a buscar los 10 Mandamientos en la Biblia. Y como la vez anterior, no supe donde encontrarlos, entre tantos libros y versículos. Pregunté a mi esposa, y ella, aunque siempre había estudiado en colegios de religiosas, tampoco supo. hallarlos.

De nuevo, me toco llamar a mi amigo Jesús, que interesado y curioso, me dijo donde estaban. Desde ese momento, algo cambió en mí, y aunque nunca había sido religioso, ni me había interesado las cosas de Dios, si comprendía que algo extraño había en todo esto, y con diligencia investigue, contrastando con una Biblia Católica, y comprobé, que lo que decía el pastor, era cierto, la Iglesia Católica mentía, y sigue mintiendo en algo tal importante y fundamental, La Ley de Dios.

Este matrimonio, Miguel y Loli, desde ese momento, fueron muy importante para nosotros, y muchas fueron las noches, que después de acostar a los peques, debatíamos de nuestras dudas,  creencias y supersticiones.

Una a una, con la Paciencia y Sabiduría del Señor, y la diligencia de estos hermanos en la fe, Dios fue contestando a todas nuestras dudas, afianzando nuestras creencias.

De tener la Biblia escondida, pasé a estudiarla con verdadera devoción, a meditar en los pasajes que entendía importantes. Recuerdo, como mi esposa, pensaba que me estaba volviéndome loco como el Quijote, por la mucha lectura. Solía imprimir los versículos en papel, y colgarlos en la pared, para meditar profundamente en ellos.

Ya nada volvería a ser igual en mis pensamientos, Dios estaba presente en cada uno de ellos.

En el año 1993, mi tercer hijo, Miguel,  estaba a punto de cumplir un año, habíamos pasado casi toda las vacaciones con la familia Ballesteros. Y como ya venía siendo costumbre, nos volvieron a invitar al Campamento Familiar, que organizaba CIERE, en Antequera, y que siempre declinábamos la invitación. Ellos eran conscientes de nuestro cambio y buena disposición, después de haber pasado con ellos unos días en Beas de Segura, aprovechando que  Jesús, fue invitado a predicar. Su sermón fue sobre el Salmo 27, y nuestro hermano Alfonso Teruel, anciano de la Iglesia, nos habló sobre el pasaje de los obreros de la viña.  En ese momento entendí mucho mejor el pasaje.

Ese, año, para la sorpresa de ellos, aceptamos la invitación y fuimos a nuestro primer campamento. El primer día fue difícil, casi estuvimos a punto de irnos, pero el Señor tiene sus tiempos y razones.

Desde la primera conferencia, sobre la familia cristiana, sobre los textos de Efesio 5, quedé impactado, era lo que sin saber, estaba buscando, lo que necesitaba.

En cada palabra y consejo, veía la Sabiduría de Dios, sus propósitos y amor.

El día 7 de septiembre, después de tener una larga conversación con el Pastor Juan Hanna, me fui a la cama apesadumbrado, inquieto. Recuerdo, como no podía conciliar el sueño,  consciente de mi situación delante del Señor, de todos mis pecados que venían a mi mente,  y mi alejamiento de Dios.  Mi últimas palabras, antes de quedar dormido, fueron:

¡Señor ampárame!.

A la mañana siguiente, desperté distinto, como si todo fuera nuevo, especial.

De vuelta de recoger a la madre de Jesús, Concha, al momento ella notó que algo me pasaba, que ni yo sabia explicar, ni aún puedo.

En la conferencia, no deje de llorar, de ver la misericordia de Dios, su amor y sabiduría.

Ya todo tenía un sentido, Dios estaba presente también en mi familia, su perdón y fe,  habían calado en mi ser, para quedarse.

Ahora, después de 23 años, donde he visto la mano del Señor en cada momento de mi vida, puedo entender, que nada pasa, pasó por el azar de la vida, sino que todo tuvo, tiene un propósito. Que como, yo fui consciente, en un determinado momento de mi vida, esta ya me precedía, ya Dios estaba obrando.

No sé lo que me deparará este peregrinar, pero algo estoy seguro:

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.
¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.
¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?
Como está escrito:  Por causa de ti somos muertos todo el tiempo;
Somos contados como ovejas de matadero.
Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.
Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

(Romanos (:28-39) 

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